Cuando hablamos de EGO, pensamos inmediatamente en aquella expresión de nuestra personalidad vanidosa y que hay que tener bajo control pero tiene que ver enormemente con el trabajo en equipo o con la ausencia del mismo, para ser más precisos.

Hoy en día damos por sentado que si alguien inventa algo lo patenta y, si es valioso y existe una fuerte demanda de lo inventado, se hará rico sin problema y será reconocido por tal invento.

De ahí que, desde hace varias centenas de años, nos esforcemos en encontrar ese invento que nos permitirá vivir sin problemas el resto de nuestras vidas. Existen mitos como el del que patentó la tapa metálica de las botellas años después de que se venían usando regularmente en la industria de las bebidas sin haber sido previamente patentadas. No lo sé a ciencia cierta, pero de ser cierto qué historia de buena suerte tan envidiable.

Lo que sí es cierto es que las grandes empresas presentan decenas de solicitudes de patentes cada año y que muchas de estas patentes jamás se convierten en algo interesante o lucrativo. Pero por si las moscas, no vaya a ser que el listo de las chapas lo patente primero, estas grandes empresas, vaya a ser un éxito o no, lo tienen todo patentado.

Son también muy interesantes las historias de inventores reconocidos que, años después, se sabe que copiaron sus descubrimientos, recibieron la información de alguien más o simplemente robaron el invento, pero gozan hoy en día del reconocimiento de haber descubierto esos importantes descubrimientos que han mejorado a la humanidad en su conjunto.

Sus egos se sienten muy regocijados por ser mencionados como grandes hombres en cada libro de texto que los jóvenes leen en sus colegios a lo largo del mundo.

Esta entidad que se reconforta del reconocimiento de los demás es el EGO individual. El problema de este EGO es que no nos permite saber si descubrimos algo valioso por el bien de la humanidad o para ser reconocidos como alguien especial. Puede parecer irrelevante la diferencia entre ambas sensaciones, pero para efectos de felicidad personal no lo es.

Ya Erick Fromm, en su libro “El arte de amar” establecía que una de las necesidades patológicas más importante de los seres humanos era el ser amado, reconocido, sentirse especial al menos para alguien. Es el EGO reclamando su lugar en el mundo, estableciendo la separación. Es el YO contra el NOSOTROS.

Así que cuando percibimos que debemos de ser reconocidos y no lo somos, al menos como nosotros quisiéramos, entonces sufrimos. Empezamos a rechazar lo que es y empezamos a desear lo que no es, y este proceso es el origen de todo sufrimiento como cuenta mi querido maestro espiritual Eckhart Tolle.

El conflicto entre el EGO individual y el COLECTIVO se ve presente en muchas sociedades modernas, en muchos países de economías desarrolladas y no tan desarrolladas. En Latinoamérica, por ejemplo, las personas tienden a creer que un salvador, un líder político, un ego cualquiera que además se cree él mismo o ella misma que realmente son ese salvador, les va a cambiar la vida y darles todo lo que necesitan simplemente por darle su voto en unas elecciones.

En otros países los EGOS individuales se ven reflejados en nacionalismos falsamente sustentados en pasados interpretables a voluntad personal. Efectivamente, en el pasado histórico de estos nacionalismos se pueden encontrar pasajes dolorosos tales como derrotas bélicas o humillaciones, pero traer esos episodios como sustento a la expresión de ese nacionalismo en la actualidad no es más que lo que Eckhart llama “el cuerpo del dolor” haciéndose presente para fortalecer el EGO y dar lugar de nuevo al sufrimiento del pasado. Este concepto, “el cuerpo del dolor” es tan interesante y complejo que prefiero ni explicarlo y que mejor lo leas en el ya famoso libro de Eckhart “El Poder del Ahora”, si te interesa, claro.

Por supuesto, estos movimientos nacionalistas actuales basados en una dudosa e interpretable historia pasada cuentan con “héroes” actuales a modo, dispuestos a perder lo que sea, hasta la libertad, en aras de reivindicar ese nacionalismo y de ser reconocidos como los artífices de lo que sea que persiguen. De nuevo un EGO individual encontrado con un EGO colectivo.

El punto es que esas sociedades que se basan en egos individuales están destinadas a sufrir. Si vemos otras sociedades mucho más colectivas como las escandinavas, por ejemplo, encontramos muy significativos niveles de prosperidad y escasez de conflicto social.

Y también se pueden identificar sociedades del pasado que se beneficiaron enormemente, al menos en sus inicios, del EGO colectivo. Los Romanos, por ejemplo, inventaron el concreto (desde la edad de piedra se usan mezclas de elementos minerales, vegetales y calor para producir compuestos usados en sus construcciones, pero nadie como los romanos), los acueductos, las carreteras, la catapulta, los arcos romanos, el códex (primer intento de encuadernación de libros) y el calendario juliano.

El mayor imperio del mundo gracias a su ego colectivo, los romanos

¿Y qué tienen que ver los romanos con el EGO colectivo? Muy sencillo. Trata de decirme quién fue el creador, ingeniero, de semejantes descubrimientos que sin duda beneficiaron a los romanos, pero también a la humanidad en su conjunto. Pues bien, no hay nombres, no hay EGOS individuales. Nadie duda de que los romanos sabían trabajar en equipo.

Los romanos empezaron a declinar cuando los EGOS colectivos dieron paso a los EGOS individuales, a los generales, emperadores, senadores, etc., y esos EGOS individuales hicieron caer dramáticamente al imperio, en esa época, más fuerte del mundo. Lo mismo podemos encontrar en el imperio español del siglo XVI, en el imperio persa, en el egipcio, etc.

¿Cómo alcanzamos entonces una sociedad en la que el EGO colectivo es más importante que los EGOS individuales? Y nótese que este logro, el de privilegiar el EGO colectivo, no es solamente importante a efectos de avance como país. Lo es también para reducir la desigualdad económica, que actualmente es cada vez más evidente, la desigualdad social, política o de sexos, por ejemplo.

¿Cómo le damos pues, el lugar preponderante que merece el EGO colectivo? Sin querer establecer una solución única y absoluta, enseñarnos a trabajar en equipo tendría consecuencias maravillosamente positivas. Desde la escuela o colegios, para empezar.

En el equipo de trabajo bien establecido los EGOS individuales se dejan en el perchero, justo antes de cruzar la puerta de la sala del trabajo conjunto. Si bien cada persona es responsable del rediseño del EGO individual, que no se suprime, sino que se subordina al colectivo, el EGO colectivo se refuerza facilitando y exigiendo el trabajo en equipo. Como hacían los romanos, vamos.

Hay formas tremendamente eficaces de llevar a las personas a trabajar alegremente en equipo sin necesidad de crucifixiones. Lo importante es que lleguemos a la conclusión de que tenemos que crear un mundo en el que trabajar en equipo sea beneficioso, que no represente sacrificio personal, un mundo en el que nos demos cuenta de que el trabajo conjunto nos beneficia inmensamente más que el logro individual.  Un mundo de sinergia. Un mundo nuestro, no mío, porque el nuestro es brutalmente mejor.

Imagínese ahora el poder de un EGO colectivo de la humanidad. ¿Puede?, porque yo sí.

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