Basado en una historia real de Navidad.

Juan salió contento del restaurante, después de haber saboreado una exquisita comida oriental. “El sashimi estaba ciertamente fresco y sabroso”, se dijo a sí mismo. Las dos copas de vino que acompañaron la pesca del día ayudaban a intensificar, si cabe, la sensación de plenitud.

Iba por la carrera 9, en dirección al hotel. En Bogotá, las avenidas que van de norte a sur se denominan carreras y las que van de occidente a oriente o viceversa se llaman calles. En la calle 72 decidió, sin saber bien porqué, modificar la ruta que tradicionalmente seguía y tomó la mencionada calle para salir a la paralela, a la carrera 7, y seguir por la misma hasta el hotel.

Todo era nuevo ese día, las calles, los negocios, los edificios. Los pobres también. Al llegar a la 7, coincidió perfectamente con una mujer, vagabunda sin duda, que tiraba de una especie de carreta de ruedas diminutas, por la calzada de vehículos. Los coches que pasaban a cierta velocidad se hacían al carril contiguo para esquivarla.

De vez en vez, observó Juan, la mujer se detenía llorando, y se llevaba la mano al costado en señal de dolor. Su ropa era pobre y andrajosa. No llevaba zapatos sino una especie de sandalias que dejaban ver unos calcetines de color rosa, morado y verde, más gruesos de lo común para no sentir el frío, seguramente.

De corta estatura, cabellos rubios y de extrema delgadez, la mujer, después de limpiarse las lágrimas, volvía a su ardua labor de tirar del carro, el cual estaba bastante lleno de basura.

Juan sintió compasión y curiosidad. Se acercó a la mujer y le preguntó: “¿Le ocurre algo?”.

“Es la hernia”, contestó la mujer en lágrimas, ahora lágrimas de pena, porque sorprendentemente se esforzaba porque Juan no las viera.

“¿Necesita ayuda?”, volvió a preguntar Juan. Las manos llagadas de la mujer limpiaban afanosamente las lágrimas y cuando las quitó dejó ver unos hermosos ojos azules, al lado de una cara arrugada por el tiempo y el esfuerzo. Sin duda era una mujer mayor.

“No”, contestó. “Todo está bien, ya estoy tomando medicina”.

Sin pensarlo dos veces, Juan tomó las riendas del carro y le dijo a la mujer: “Déjeme ayudarla. Al menos unos metros”.

Antes, Juan se vació los bolsillos sacando todo el dinero que llevaba, que no era gran cosa, y se lo dio a la mujer diciéndole: “No es mucho, pero le servirá de algo. Ahora que lleguemos al hotel le busco algo más que darle”.

“No puedo arreglar su vida”, pensó, “No puedo arreglar ni siquiera la mía, pero algo es algo”, se volvió a decir a sí mismo.

¿Cómo era posible que, en vísperas de Navidad, hubiera alguien pasándolo tan mal mientras otras personas en lo único que piensan es con quién pasar la cena de Noche Buena?

Josefina, que así se llamaba la buena mujer, tenía 73 años y recorría la carrera 7 todos los días en busca de latas, plásticos, cartón y todo lo que encontrase que pudiese ser vendido posteriormente por unos cuantos pesos.

“No encuentro nada hoy”, se quejaba mientras Juan tiraba de la carreta. Nunca había reparado tanto como este día en la cantidad de baches que tenía la calle. Era la calle de los mil baches. El carrito se atoraba una y otra vez en los baches y Juan tenía que hacer un verdadero y denodado esfuerzo para evitarlos o salir de los inevitables, que eran bastantes. Sus manos ya estaban empezando a sentir dolor por el arrastre de la cuerda y la espalda, que había estado molestándole las últimas noches, empezaba ya a pedir auxilio por sí misma.

“Unos cuantos metros más”, se dijo a sí mismo. Juan se la había encontrado a las 5 y media y ya eran casi las 7. La noche caía ya sobre Bogotá y ellos solo habían avanzado unos 500 metros, porque Josefina no podía moverse más rápido.

“Yo no robo. No lo hice jamás ni jamás lo haré”, le contaba a Juan mientras este tiraba del carro y se peleaba con los mil baches. “Mi padre no me dejó estudiar, pero yo pude haber sido alguien importante porque era lista” le decía a Juan mientras con el dedo índice se señalaba la cabeza, indicando su fortaleza intelectual. “Jesús y la virgen me dan fuerza para seguir todos los días. Jesús no robó, ¿verdad? Pues yo tampoco”.

“Estas llagas de la mano es porque me caí el otro día, pero aquí tengo la medicina, aunque me duele mucho”, decía mientras sorprendentemente reía, como quitándole importancia al asunto.

“Usted es un ángel”, le dijo a Juan. “Lo envió Dios”.

“Créame, Josefina, es a usted a quién Dios ha enviado”.

“Unos metros más”, pensó. “Si a mí me cuesta trabajo no me imagino cuánto le cuesta a esta pobre mujer”, pensó, sin darse cuenta ahora, en voz alta. Pero Josefina, sin hacer caso, buscaba afanosamente en el suelo cualquier lata de aluminio que pudiera echar en el carro. Estaba entrenada de años en identificar latas y cartón, y, sin percatarse de ello, Juan se vio inmerso en la misma tarea.

“Mire Josefina, una lata aplastada”, pero Josefina ya la había visto antes. Y eso que, según contó, estaba ciega de uno de sus ojos.

Al pasar por un supermercado, Juan le dijo: “Espérese aquí que le compro algo de comer y un tinto”. A lo largo del camino, Josefina había expresado su deseo de tomar un café, un tinto como dicen en Colombia, pero que era increíble que cobrasen dos mil pesitos y que no había podido darse ese gusto el día de hoy.

Al acercarse a la tienda, el guardia de seguridad se acercó a la señora y le pidió de malos modales que no se detuviese en ese lugar, que molestaba a los clientes. Juan lo detuvo y le dijo, “No se preocupe, que viene conmigo. Le compro algo y nos vamos”.

El guardia, sorprendido, dijo que ya la conocía, que siempre hacía lo mismo. Juan vio de inmediato los botes de basura y entendió que Josefina se acercaba para ver qué podía llevarse y venderlo ella misma. “¿Es familiar suyo?”, preguntó el guardia.

“Para nada. La acabo de conocer, pero viene conmigo así que déjela hoy, por favor”, le dijo Juan seriamente, quien aceptó sin mayor problema.

Juan compró un poco de pan, un tinto, un paquete de jamón y una bolsa de nueces. “para el frío”, pensó.

Salió y se lo dio a Josefina quien ya no aguantó más y abrazó fuertemente a Juan, quien correspondió el abrazo con todo el cariño que pudo sentir en ese momento.

Juntos, se sentaron en un escalón, mientras Josefina mojaba el pan en el tinto y lo comía con avidez. Hablaron de mil cosas, de su viudez, de sus aventuras, de la renta que tenía que pagar para vivir en el centro, de Jesús, de la virgen, de que Juan era un ángel. Juan, a su vez, le decía que no era posible que una mujer de su edad viviera así, con tanto sufrimiento.

De repente, poniendo el rostro un poco más serio, miró a Juan a los ojos y le dijo: “Seguro piensas que mi vida no vale la pena y que me debiera de morir pronto para acabar con este sufrimiento”.

“Jamás he deseado morirme, ni cuando murió mi marido ni ahora en este momento”. Pero antes de que contestara Juan, Josefina ya se había levantado porque vio una lata en el suelo y quiso recogerla antes de que alguien más lo hiciera.

Con vergüenza, Juan, calladamente, tuvo que admitir que ciertamente había considerado la muerte de Josefina como el escape a su vida de miseria.

Ya eran las 8 de la noche y Juan seguía tirando del carro, a pesar de los mil baches de la 7. “Unos metros más”, pensó. La calle era cuesta arriba y a lo lejos se vislumbraba el final de la subida, continuando, a partir de ese punto, más plano. “La llevaré al final de la cuesta y ahí me despido”, pensó.

Por el camino, otras personas recogiendo basura se habían cruzado con la curiosa pareja, saludando a Josefina como solo ellos se saben saludar, sin palabras corteses ni buenos modales. Con un simple murmullo se decían hola o adiós, que Juan todavía no comprendía bien su sistema de señales. Pero evidentemente se conocían. Por supuesto todos se sorprendían de ver a Juan tirando del carro y a Josefina hablando sin parar.

Así que dos Kms. y medio y tres horas y media después, el final de la cuesta llegó a la vida de ambos, de Juan y de Josefina. Esta última, tomó las manos de Juan y le dijo: “Mira qué frías están mis manos, pero las tuyas están muy calentitas”. “Hombre, después de tirar del carro por 3 horas no puedo sentir más que calor”, pensó Juan, pero no lo dijo porque sonaría descortés e insensible.

“Josefina”, dijo Juan con cierta gravedad en el tono, “Tengo que dejarla aquí, pero la subida ya ha terminado. ¿Estará usted bien?”. Juan pensó que su pregunta era algo más que estúpida.

“Qué pena con usted”, contestó Josefina. “Ya me ha ayudado mucho”. Y, sin pena alguna, volvió a abrazar a Juan. Una lágrima corría por el rostro de Juan, conmovido por el agradecimiento de Josefina, haciendo verdaderos esfuerzos para nos soltarse a llorar. Era un abrazo sincero, profundo, infinito.

Se despidieron en la noche bogotana, y nunca más se volvieron a ver.

Yo no sé cuál es la moraleja de la historia. Tiene tantas que no sé cuál es la que le aplique. Usted escoja o, simplemente, espero haya pasado un rato agradable leyendo esta historia. Y de paso, que tenga una muy feliz Navidad y un año nuevo tremendamente próspero y feliz. Como el que seguramente tendrá Josefina. Y sí, la vida puede ser una calle de mil baches, e igualmente hay que disfrutarla.

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