(Al final del artículo existe un reproductor de audio grabado por Francisco con el contenido del texto)

Atento estoy, como muchos españoles, al desenlace en cuanto a la formación de un gobierno en España. Tan atento que me he soplado con exceso más de un debate que, a lo mejor, ni siquiera hacía falta ver porque no agregaba nada nuevo ni bueno.

Pero de tanta atención que he puesto me he llegado a dar cuenta de muchas cosas que nos hacen falta, a la población en general, si en verdad queremos obtener una remota idea acerca de qué rayos están diciendo los políticos.

Y es que escuchándolos a ellos y a quienes los entrevistan, me pregunto seriamente si saben algo del modelo de precisión desarrollado por Richard Bandler y John Grinder, en base a los trabajos del gran lingüista Noam Chomsky. Aunque parece que últimamente Chomsky se ha vuelto una especie de antisistema mundial, sus desarrollos lingüísticos no tienen desperdicio. Y otra pregunta que se me ocurre hacerme es si no sería necesario que, desde la primaria, y si no en cualquier momento posterior, se incluyesen estos conocimientos en los dominios de los estudiantes y de la población en general. Mi respuesta es que sí haría falta, sin ninguna duda. Es más, el que domina el modelo de precisión explicado en este larguísimo artículo, dominará sin duda la conversación.

Y estoy dispuesto a justificar mi punto de vista anterior. Veamos. Pero antes, entendamos por qué los seres humanos, a pesar de contar con una herramienta excepcionalmente exclusiva y extraordinaria y que es el lenguaje, tenemos y tendremos siempre problemas de comunicación, a menos que… resolvamos los tres grandes problemas de la comunicación.

El primer problema es lo que en comunicación se conoce como alucinación. La definición de alucinación es superponer elementos no presentes con elementos asumidos, imaginados, interpretados o, eso exactamente, alucinados. Es el mismo proceso que ocurre a nivel mental cuando hablamos con alguien por teléfono y no lo vemos en ese momento. Lo que hace mi mente es que recibe la voz y las palabras y se imagina, inconscientemente, cuál es la postura corporal y los gestos que usa en el momento en que me dirige las palabras. Usted también lo hace y es probable que ni siquiera sepa que lo hace, pero lo hace. Necesitamos hacerlo para darle sentido al mensaje.

Ahora bien, como la imagen de la persona no está presente y en vivo, se dice que la estoy “alucinando” cuando me la imagino. Y de nuevo, sin siquiera darme cuenta.

Cuando interpretamos una palabra asumiendo que significa algo concreto, pero sin averiguar qué es lo que significaba para la persona que la usó y asumiendo también que ambos, el que la recibe y el que la emite, están pensando en lo mismo, estamos alucinando casi con seguridad. A la “alucinación” también se la conoce como “distorsión”.

El segundo problema es la eliminación de información que hacemos al hablar o comunicarnos de cualquier forma. Omitimos información por la simple razón de que no queremos verla. Así de simple. El ejemplo típico que pongo en mis seminarios es el de la persona, hombre o mujer, que, de adolescente, y también de adulto llega a pasar, presenta a sus padres a su primera novia o novio. Ellos, los padres, son capaces de ver en la novia o novio un sinfín de características negativas que, el afectado o enamorado por más que le busca no las encuentra. Al mismo tiempo, el chico o chica que presenta a su pareja sólo es capaz de apreciar cosas enormemente buenas. Por eso está enamorado. Enamorarse se puede definir como el arte de suprimir lo malo y ensalzar lo bueno de los demás. El divorcio sucede cuando se da lo contrario.

Ambos, enamorado y padres, omiten información. Lo mismo pasa cuando se enfrentan dos rivales políticos en un debate. Serán plenamente incapaces de ver la información tal cual debiera ser vista, si buscásemos plena objetividad. Suprimirán caprichosamente información el uno del otro según les convenga.

Hasta el momento, y creo que soy el único del país, sostengo que lograr un pacto entre partidos políticos de ideologías diferentes no es solamente difícil, sino imposible. Es pedirles más de lo que pueden, humana y neurológicamente, dar.

Y el tercer problema es conocido como la generalización. Se da cuando aplicamos lo que ya conocemos a lo que no conocemos. Tendemos a clasificar las nuevas experiencias en función de las viejas experiencias, limitando e incluso eliminando cualquier posibilidad de aprendizaje. Conocí una mujer y, en base a mi experiencia, ahora digo “todas las mujeres son iguales”.

Estos tres problemas son llamados también Filtros Perceptuales o Modeladores Universales de la Experiencia, porque todo lo que usted me pueda contar va a pasar por los tres filtros para que yo pueda entenderlo. Y todo reside en que la experiencia se da en los humanos en tres niveles, de forma que al pasar de uno a otro la información se va perdiendo, distorsionando o generalizando.

El primer nivel es el de la realidad. No quiero que nos perdamos en discusiones estériles en este artículo, así que, para efectos prácticos, créame que nadie vive en este nivel. De toda la información que nos rodea sólo somos capaces de quedarnos con una ínfima parte, por lo que es correcto decir que nuestra realidad personal es una distorsión plena de la realidad total, aunque, por definición, nosotros pensamos que lo que vivimos es todo lo que experimentamos y es todo lo que hay que experimentar. Como es entendible, no sabemos que hay lo que no sabemos que hay. Lo sé. Es complicado, así que asuma que le digo algo más o menos aceptado. No vivimos en la realidad plena, sino en una representación de la misma.

El segundo nivel es, pues, el que nosotros experimentamos, nuestra interpretación de la realidad. Un modelo de la realidad propio y exclusivo de cada ser humano, neurológicamente hablando, claro. Un mapa que representa a un territorio casi infinito de posibilidades, la realidad en sí. Al igual que un mapa de carreteras no indica temperaturas, nuestro mapa interno carece de mucha otra información presente en la realidad, pero irrelevante para nuestro mapa. A veces, nuestros mapas internos contienen información que nos es inadecuada y carecen de la información correcta, lo que implica que necesitaríamos realizar un ajuste de nuestra percepción, de nuestro mapa.

Lo interesante también, desde un punto de vista lingüístico, es que, para interpretar esta representación interna o mapa propio, los seres humanos tenemos una herramienta lógica denominada lenguaje. A esta interpretación personal de la realidad que vivimos se le llama “estructura profunda del lenguaje”. De nuevo, la representación interna y el lenguaje interno que usamos para interpretarla forman el segundo nivel de la experiencia.

El tercer nivel lo proporcionan las palabras que usamos cuando contestamos a alguien que nos pregunta de la manera más inocente del mundo “¿En qué estás pensando?” o “¿Tú qué opinas?” o “¿Cuáles son sus propuestas de campaña?”.

Y es aquí donde vuelven a entrar los tres problemas de la comunicación (recuerde, filtros perceptuales): la omisión, la distorsión o alucinación y la generalización.

Es decir, nuestras palabras que proceden de nuestra estructura profunda pero no son la estructura profunda de nuestra experiencia, son el resultado de omitir información, distorsionarla y de realizar un sinfín de generalizaciones monstruosas y falsas. Un buen comunicador debiera de someter a un filtro de precisión cada expresión verbal que recibe, de forma tal que sea capaz de saber exactamente qué es lo que las personas quieren decir y se exprese de forma que las personas entiendan exactamente lo que queremos decir. A este proceso se le llama comunicarse con precisión (técnicamente se dice que estamos eliminando las violaciones al modelo de precisión).

Cuando un candidato político se expresa en palabras, ya sea oral o por escrito, el que recibe la respuesta normalmente no tiene idea de lo que realmente quiere decir que en general es nada o algo aproximado a nada. Por ejemplo, digamos que alguien promete un cambio o un gobierno progresista o, simplemente, continuar por el mismo camino. ¿Qué fue lo que dijeron? Literalmente nada. No tiene sentido. Sin embargo, la mayoría de las personas creen saber qué dijeron y, en consecuencia, actúan.

Un entrevistador debiera dominar el modelo de precisión y, al hacer preguntas, redondear las respuestas con unas cuantas preguntas adicionales que impugnasen las seguramente imprecisas o incomprensibles respuestas.

Por eso, por lo impreciso del asunto, es imposible saber quién bloqueó a quién, quién dijo no a qué o quién mostró una actitud menos abierta al acuerdo. Todos mienten y todos dicen la verdad. Pero un entrevistador, al menos, debiera saber manejarse en el mundo de la precisión lingüística y no, como es en la mayoría de los casos, limitarse a hacer preguntas supuestamente incómodas pero que en realidad son tremendamente imprecisas y de respuesta más que previsible. “¿Es usted honesto o no?” es una pregunta tan estúpida como preguntarle a un camarero si la comida es fresca. “No, está podrida, pero si nadie pregunta la servimos igualmente”. Otra: “¿Me amas?”. “No, me das asco desde hace ya años, pero como no me habías preguntado…”.

Los políticos se encuentran siempre cómodos en el lenguaje de la imprecisión. Mi interpretación es que no tienen idea de cómo ser precisos. Me queda claro que algunos han leído hasta la saciedad el manual de influencia del Dr. Cialdini y lo aplican consistentemente en sus burdos, pero sin duda eficaces, intentos de manipular la opinión pública. Algunos son verdaderos maestros en usar los principios de Contraste, Compromiso y Autoridad. Otros dominan el principio de Escasez y el de Prueba Social. Y en otros es patético el uso del principio de Reciprocidad, porque para que este sea efectivo debe de ser sutil y no descarado como ha sido utilizado en la mayoría de los casos.

Pero de lingüística, me parece a mí que no tienen ni idea. Le doy unas cuantas claves, sin meterme mucho en materia técnica, que le pueden ayudar a ser más preciso y saber qué es lo que realmente los demás quieren decir (para facilitar mis ejemplos voy a usar únicamente ejemplos de la política que aplican, casi sin excepción, a todos los países del mundo):

Cuídese de los juicios y de sus primas las comparaciones. Ambas cosas son el resultado de comparar. Yo tengo una definición de “indecente” que probablemente no es la misma que tienen los demás, como sucede igual con la definición de mentiroso, inteligente, valiente, audaz, etc. Estas palabras son juicios y las expresamos de alguien cuando esta persona cumple con mi definición, que puede ser, y normalmente es, errónea. Cuando decimos que un político es inteligente, ¿le hemos hecho un test de medición del coeficiente intelectual? Con seguridad no y, con seguridad también, jamás consentiría que se lo realizásemos. Entonces, ¿cómo me atrevo a expresar un juicio sin elementos probatorios?

Cuando alguien usa un juicio debemos preguntarle “Y, ¿qué significa (juicio) para ti? ¿Cómo sabes que alguien es (juicio)?”. Y ahora, podremos o no estar de acuerdo con la definición y si no lo estamos tampoco estaremos de acuerdo con el juicio resultante de tan inadecuada definición.

Las comparaciones son muy parecidas e igual de importante es desenmascararlas que los juicios. “Creceremos más” o “estaremos mejor” o “habrá menos corrupción” son comparaciones que nunca habrá manera de corroborar por imprecisas y chapuceras. A mí me ofenden personalmente este tipo de expresiones porque me muestran a una persona con poca vergüenza, al prometer cosas improbables de verificar. Yo apliqué la misma táctica con mi esposa, aunque en mi caso funcionó y como hasta la fecha no existen medidores precisos de amor y felicidad (afortunadamente), yo sigo cumpliendo sin cumplir.

Cuídese de las Nominalizaciones. Estas se dan cuando convertimos un proceso subjetivo o impreciso en un sustantivo o nombre. Un ejemplo es la palabra “mentira”, que viene del proceso impreciso “mentir”. U “honestidad”, que viene del proceso impreciso “ser honesto”. O “amar”, “crecer”, “cambiar”, procesos imprecisos que se convierten en “amor”, “crecimiento”, o “cambio”. Tal vez le suenen palabras o expresiones tales como “regeneración social”, “estado de bienestar”, “sanidad universal” o “revolución”. Pueden significar, y en realidad significan, cualquier cosa que usted se imagine.

Imagínese a un político diciendo “recuperaremos el estado de bienestar”. ¿Qué quiso decir? ¿A quiénes se refiere con el recuperaremos? ¿Qué es recuperar? ¿Qué es estado de bienestar? ¿Bienestar para quién? Otro gran ejemplo es la famosísima “libertad de expresión” que como nadie define el concepto adecuadamente cualquier persona la interpreta como mejor le conviene y, para colmo de males, es estrictamente cierto que no posee una definición universal y definitiva. Vamos, que no es sencillo esto de la precisión.

Cuídese de las Equivalencias Complejas. Son conclusiones que aparentemente se desprenden de algún hecho pero que, si lo analiza, el primer hecho nada tiene que ver con la conclusión a la que se llega. Un ejemplo: “los españoles con su voto no le han dado la mayoría a un solo partido (hecho), nos han pedido que hagamos acuerdos (conclusión)”. A mí me parece que interpretar la voluntad de los españoles en base a un resultado electoral concreto es pura alucinación, sin embargo, aquí en España, parece que la mayoría de las personas aceptan esta muy difícilmente creíble equivalencia compleja. Otra: “en su partido existen casos de corrupción (hecho), no tiene legitimidad para ser presidente (conclusión)”. Si el “su padre es alcohólico, no tiene las bases para ser presidente” funcionase, Bill Clinton jamás hubiera sido presidente en dos ocasiones consecutivas.

No tengo una estadística, pero le puedo asegurar que las Equivalencias Complejas son un alto porcentaje de la conversación o entrevistas con políticos. Y las personas que lo escuchan no se indignan, pero claro, es que hasta hoy no sabían esto de las equivalencias.

Cuídese de los Verbos y Sustantivos Inespecíficos. Tal vez esta violación al modelo de precisión sea la más común porque usarla es una tentación de la que pocos pueden escapar. Recuerdo en México un político hablando siempre de que “los poderosos no quieren que lleguemos al poder” y en España, las menciones a una extraña “casta” formada por personas bastante indefinidas son también muy comunes. Aunque el uso de estos sustantivos inespecíficos, no se sabe bien quién o quienes, obedece a una estrategia muy definida de polarización social, la realidad es que es muy fácil de impugnar, es decir, de confrontar inteligentemente y eliminar de la conversación.

“Ellos”, “nosotros”, “queremos”, “buscamos”, etc., son sustantivos inespecíficos porque no es que no se quiera decir quién, es que no se tiene ni idea, y es preferible dar a entender que son “muchos” antes que admitir que es una simple opinión personal de quien la expresa y nada más.

Y con los verbos pasa lo mismo. Vamos a “cambiar” la forma en que funciona “el estado” es una frase que encierra un verbo inespecífico, “cambiar”, y un sustantivo inespecífico “el estado”. “Bloquear”, “engañar”, “mentir”, “apoyar”, y otros verbos, son… sí, ya lo adivinó, inespecíficos y, por lo tanto, improbables, es decir, no se puede verificar la veracidad de lo afirmado.

Por último, cuídese de las Generalizaciones. Ya sabe, “los españoles”, los de tal partido o los de tal otro son maneras de generalizar cuando no se conoce la verdadera dimensión de lo afirmado. Son mentiras, en el sentido que no representan la verdad. Palabras como “siempre”, “nunca”, “jamás, “todos”, “nadie”, etc., son palabras que por decencia debieran de estar fuera de la conversación de los políticos porque expresan una situación que difícilmente es verdadera. Y, de nuevo, son fácilmente impugnables, claro, si el que los entrevista tuviera la más mínima idea de lo que contiene este artículo.

Recuerde que esté quien esté en el nuevo gobierno en cualquier país, las cosas van a cambiar, por la sencilla razón de que el cambio es una constante universal. Y la próxima vez que escuche una entrevista con un político le recomiendo que haga como yo. Detecte todas las violaciones al modelo de precisión y ríase a carcajadas cuando se dé cuenta de que los presentes aparenten haber entendido y usted sepa, sin asomo de duda, que nadie entendió nada.