Unas cuantas hojas viejas y dañadas que daban información curiosa e interesante.

Como había comentado en un artículo anterior, encontré unas cuantas hojas sueltas de un libro bastante viejo y antiguo. En el artículo anterior comenzaba  traduciendo lo primero que leí y en este artículo de ahora continuaré con la traducción de las últimas páginas. Si no has leído el artículo anterior, lo puedes hacer ahora en este enlace.
Esas últimas páginas que traduzco a continuación no son las últimas del libro. Desafortunadamente, por más que he buscado, sigo sin encontrar el resto. Tal vez, como enseña la tradición sufí, no estoy preparado para lo que contiene.
Continuo con la traducción:


“La semilla divina de grandeza se ve reflejada en los seres humanos a través de su más grande facultad, el deseo (¿finalmente la palabra que representa el superpoder?). Es el deseo el que dirige todas nuestras acciones e impulsa a cotas sorprendentes nuestra creatividad e ingenio. Es la gran diferencia que existe entre los animales y el hombre. El animal tiene instinto, mientras que el humano usa el deseo para sobreponerse al instinto, que, expresado en libertad, llevaría a cometer actos apasionados o sin sentido. 

Actos que revelarían su más maligno aspecto, como el que provocó la caída del gran Ángel en las eras primigenias (ni idea).

Pero cuando el deseo nace del corazón entonces los humanos son capaces de expresar todo su divino potencial, para gloria y satisfacción del Gran Arquitecto del Universo, y se recrean en la construcción de las más grandiosas obras del mundo.

Se ha interpretado mal la frase Zoroastriana “Tus deseos son órdenes”, imaginando a un Dios cumpliendo los insignificantes, para el cosmos, deseos humanos. Un Deseo en un humano es una orden de Dios para que ese humano cumpla su voluntad, que es expresada en forma de deseo. Ese deseo debe de ser cumplido para el funcionamiento armonioso del Universo, en gloria y gracia para el creador. Por eso, los deseos son órdenes, no hay forma de que no se cumplan. (Jamás se me había ocurrido que esa frase significase lo que este escrito anónimo expresa, pero me parece muy original, y, debo admitir, sacude todas mis creencias como terremoto mental).

¡Ay de aquel que ose no cumplir las semillas del deseo, cuidadosamente plantadas por Dios en la mente de los hombres!

Y para cumplir la voluntad divina, la mente es insuficiente. El deseo mental debe de ir hasta el corazón, convertirse en un sentimiento de necesidad, de saber que, sin el cumplimiento del deseo expresado y sentido, nuestra vida no tiene sentido.

No nos convertimos en aquello en lo que pensamos, lo hacemos en aquello que pensamos con las emociones más intensas posibles. Emociones que sólo pueden salir del deseo.

Ahora bien, el hombre, para convertir sus deseos en realidad, para hacerlo pasar del plano metafísico al plano físico, necesita dominar a los cuatro pecados o vicios de carácter.

Vicio de carácter 1: La disfunción. Es decir que se desea algo, pero no desearlo suficientemente como para poner tu vida en conseguirlo. Es disfuncional no seguir la voluntad divina al no perseguir hasta con tu último aliento si es necesario, aquello que deseas.

Vicio de carácter 2: La diletancia. Mantener de manera prolongada tu enfoque y deseos sobre demasiados al mismo tiempo. Las personas diletantes confunden deseo con capricho y se mantienen en un continuo añadir más deseos sobre los ya existentes.

Vicio de carácter 3: La distracción. El hombre serio en su propósito en cumplir la voluntad divina mantiene su atención enfocada hacia los deseos y cómo manifestarlos. No permite que su atención se desvíe hacia los asuntos mundanos de la sociedad, tales como la política, el ego, la vanidad o la avaricia (parece una lección moral pero yo sí le encuentro mucho sentido a esto).

Vicio de carácter 4: Desistir. Es el cuarto y último pecado ya que desistir es la muerte espiritual y la negación de la divinidad en ti. (No hace falta dar más explicaciones, ¿o sí? Este hombre o mujer podría dirigir cualquier equipo deportivo)

Porque sabes bien que toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la Ley; la suerte no es más que el nombre que se le da a una ley no conocida; hay muchos planos de casualidad, pero nada escapa a la Ley y el deseo es la causa de…”

Y ya no hay más. No podría, aun queriendo, inventar lo que sigue. No sé. Cosas extrañas me han ocurrido desde que encontré este escrito. No creo que todo sea tan fácil, como con solo desearlo. Y ya. O, ¿tú que piensas?
Nota (escrita en enero del 2017): Acabo de cambiarme de casa y, en la mudanza, encontré unas cajas con papeles de trabajo míos de hace años. No he tenido tiempo todavía de revisarlas, pero no pierdo la esperanza de encontrar el resto del libro misterioso. Tal vez, esa parte perdida nos muestre cómo vencer los cuatro vicios que se mencionan en esta parte revelada. Os mantendré al tanto…

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