Categoría: liderazgo Página 1 de 3

Dame una moneda, tengo que tomar una decisión de $2 millones, parte 3

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Episodio 3.

En el episodio pasado, uno de los clientes de Francisco usaba una moneda para tomar una decisión de un par de millones de dólares y veíamos otras muestras de cómo el uso de la intuición puede permitir que un CEO lleve a una empresa por el camino del éxito y del crecimiento. En este episodio analizaremos las razones por las que la intuición no es usada tan a menudo como se necesitaría y, también revisaremos, los principios que rigen el uso del instinto o intuición .

Continuemos.

Un amigo mío, gerente de sucursal bancaria, me comentaba que la concesión de los créditos o préstamos personales del banco en el que trabaja, y seguramente en todos los demás, depende de un algoritmo. Le das cierta información al sistema y el sistema programado “decide” (y lo pongo entre comillas intencionalmente) si te concede el préstamo o no. El viejo cuento de que los banqueros son aquellos que te prestan un paraguas cuando llueve si y solo si ya tienes paraguas es ahora más cierto que nunca.

El intelecto tiene una serie de desventajas que le impiden tomar decisiones adecuadas a nuestros deseos y, entre ellas, están las siguientes:

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Dame una moneda, tengo que tomar una decisión de $2 millones, parte 2

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Episodio 2

En el episodio pasado nos introducíamos en el uso del instinto ,o más correctamente llamada intuición, para la toma de decisiones. Veíamos cómo era, en la experiencia del consultor, que la mayoría de los clientes de corporaciones importantes usaban el instinto de manera rutinaria. Y Francisco nos compartía una experiencia sorpresiva en la que uno de sus clientes estaba a punto de hacer algo inesperadamente brillante para tomar una decisión, delante de un jefe pesado e inútil que no hablaba una palabra de español, en un restaurante de lujo cuya especialidad son las carnes.

Continuemos.

En ese momento, Don Marcelo se dirigió a mi directamente y me pidió que le consiguiese una moneda de buen tamaño. Saqué de mi bolsillo una moneda de $20 pesos, de tamaño suficiente como para romper el bolsillo del pantalón sin problema en unos quince minutos y se la ofrecí. “¿Esta está bien, Don Marcelo?”.

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