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Un viejo maestro sufí invitó a sus discípulos a cenar, entre los cuales había un discípulo nuevo. Durante la cena el maestro iluminó a sus discípulos con perlas de su sabiduría hablando de muchos temas, aunque evitando hablar de la iluminación. A pesar de las continuas preguntas de los discípulos el maestro evadió el asunto sutil pero eficazmente.

Al final de la cena, emocionado por lo aprendido y en muestra de agradecimiento, el nuevo discípulo se levantó y se dirigió al maestro: “Maestro, en señal de agradecimiento le ruego me permita limpiar los platos de la cena”.

“No hace falta, gracias”, contestó con cierta sequedad el maestro, “Hay quien lo haga”.

El discípulo, sorprendido por la negativa, insistió en su ofrecimiento:

“Maestro, por favor, permítame limpiar los platos. Para mi no es una ofensa y me sentiría mejor si me lo permite”.

Ante la mirada atónita de los demás discípulos, el maestro se mantuvo en su negativa: “No insistas, no es necesario, no hace falta y acepto tu agradecimiento sin necesidad de que los limpies”.

“Pero maestro -siguió diciendo el alumno- por favor, permítame limpiar los platos. Su rechazo me confunde y duele y me hace sentir que a lo mejor no soy digno de haber estado en su presencia”, dijo finalmente casi gimiendo.

“De acuerdo -contestó el maestro- puedes ir a limpiar los platos”.

Una vez se levantó el alumno a limpiar los platos sucios, los demás alumnos, más confundidos que el insistente limpiador de platos, interpelaron al maestro y cuestionaron su negativa: “Maestro -dijo uno de ellos- ¿Por qué no le dejaba limpiar los platos sucios al nuevo? Se trataba, sin duda, de un buen y amable gesto. Su negativa lo hizo sentir mal Maestro”.

El maestro, mirando compasivamente a los discípulos y asegurándose que el lavaplatos escuchase, se dirigió a todos con un tono de voz suave y firme al mismo tiempo y les dijo: “Sabéis que he evitado hablar de iluminación a lo largo de la cena a pesar de vuestras insistentes preguntas. La iluminación no se explica con palabras pues solo se conoce por experiencia, no por intelecto. Sin embargo, ahora tengo un ejemplo de lo que la iluminación representa y es momento de hablar de ella. Vuestro nuevo compañero me pidió limpiar los platos, lo que es a todas luces un acto vacío. Si el hubiese solicitado un acto lleno habría asentido a su petición encantado, sabiendo que estaba creando un momento de posible iluminación”.

“Maestro, no entendemos”, replicaron los discípulos a coro. “¿Qué es un acto vacío?”.

“Me alegro de que preguntéis”, contestó el Maestro. “Un acto vacío se da cuando el cuerpo está en una acción en el presente, lavar los platos, y la mente en un resultado, limpiar, en el futuro. Si el me hubiera pedido “lavar los platos”, me hubiera solicitado participar en un momento lleno, donde el cuerpo y la mente están únicamente aquí y ahora. Como maestro, no puedo permitir que uno de mis alumnos, que está conmigo porque busca la iluminación, llene su vida de momentos vacíos”.

Esta historia del momento vacío y el momento lleno me ayudó, en su momento, a entender las palabras de Eckhart Tollé cuando se refería a lo que él llama “El poder del Ahora”. Para experimentar ese poder debemos de ser capaces de estar en cualquier circunstancia en el aquí y en ahora con plenitud.

Lo cierto es que la mayoría de las personas que conozco, incluido yo mismo por largos periodos de tiempo, tenemos nuestro cuerpo en lo que estamos haciendo mientras nuestra mente vaga en alguna región obscura del pasado o del futuro.

Vivimos en momentos vacíos. Y, paradójicamente, los estudios indican, sin lugar a duda, que los mejores resultados posibles en cualquier tarea se dan cuando el individuo que la ejecuta se encuentra plenamente concentrado en la misma, lo que implica que la mente está justo en el mismo lugar que el cuerpo.

¿Pueden las personas más inteligentes, es decir, de mayor IQ, acceder más fácilmente a los momentos “llenos” y, por lo tanto, a la iluminación? No lo sé, no soy un genio. Pero la experiencia nos puede enseñar precisamente lo contrario.

Hace poco compartí una comida con unos amigos, una familia, en la que el hijo menor había sido diagnosticado con una cierta, y realmente pequeña, discapacidad intelectual. Su edad mental es ligeramente inferior a su edad cronológica. Con sus más de 20 años en la actualidad, es difícil notar su discapacidad cuando tratas con él, hasta que las matemáticas, por ejemplo, entran de algún modo a escena.

Al final de la comida, este jovencito, a quien siempre he encontrado alegre y contento de manera evidente, insistió, como siempre, en jugar a un juego de cartas. Lo más extraordinario de su conducta es que, a diferencia de todos los demás participantes, su única intención era jugar, importándole un comino ganar o perder.

Era, literalmente, feliz jugando. Estaba en un momento inconfundiblemente lleno, a plenitud. Sabía, sin saberlo, más de iluminación que ninguno de los demás presentes.

Parece que la iluminación no está hecha para los más listos. Por lo menos, hasta que no son conscientes de que, en realidad, no sabemos nada.

La historia del maestro no termina en donde la dejé. Más tarde, ya entrados en el tema de la iluminación, el maestro les enseñó que buscar la iluminación es la forma más segura de no encontrarla. Pero eso es ya otra historia.

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