La importancia de mostrar congruencia en las cosas que hacemos y decimos (y lo que su ausencia revela de nosotros)

“El liderazgo personal no consiste en una sola experiencia. No empieza y termina con la redacción de un enunciado de la misión personal. Se trata más bien de un proceso que consiste en mantener en mente la propia visión y los propios valores, y en organizar la vida para que sea congruente con las cosas más importantes.”

Stephen Covey

Congruencia. El diccionario la define como “Relación coherente entre varias ideas, acciones o cosas”. El único problema es que tampoco sabemos que es “coherente”. En Programación Neurolingüística decimos que no se puede definir una nominalización, congruencia, con otra nominalización, coherencia.

Es como decir que “bello” es algo que es “atractivo”, cuando es tan complicado definir belleza como atractivo.

En comunicación el concepto “congruencia “es más fácil de definir, porque para ello utilizamos un concepto muy específico, como el de los “canales de salida”. Cuando nos expresamos hacia el exterior lo hacemos a través del mensaje que envía nuestra fisiología (cuerpo, gestos, patrones respiratorios, movimientos de manos, etc.), nuestra voz (volumen, velocidad, entonación, dicción, etc.) y las palabras que usamos.

Se dice que somos congruentes en la comunicación cuando los tres canales de salida envían el mismo mensaje e “incongruente” se es cuando los canales se contradicen entre sí. Si no le queda claro todavía, piense en decir que no mientras mueve su cabeza de arriba hacia abajo repetida y continuamente. ¿Conseguí transmitirle ahora lo que es incongruencia comunicacional?

Este mismo tipo de incongruencia fisiológica se usa en el detector de mentiras, aunque, desde luego, existen personas tan hábiles que lo pueden engañar al decir mentiras despiadadas mientras el famoso detector los muestra como santas palomas de convento.

Existe otro tipo de congruencia social. Es más que un concepto de comunicación, aunque es prima hermana de la que acabo de describir, se trata de una interpretación coloquial que los humanos hacemos de otra persona cuando dice una cosa contraria a la que hace.

Digamos que una persona dice detestar la mentira y la pillamos flagrantemente en algo más falso que una moneda de 3 unidades de las que quiera. ¿Se ha fijado que no existe ninguna unidad monetaria que haga monedas de 3? No existe la moneda de 3 Euros, ni Dólares, ni Pesos Mexicanos, ni Yenes. Si se encuentra con una pensaría que es falsa, de ahí mi metáfora anterior.

Pues bien, decimos entonces que esa persona es incongruente porque critica algo que muestra como parte de su conducta. Sin embargo, en algún momento de nuestra vida la crítica a algo en concreto nos puede granjear simpatías de personas que piensan igual. Al cabo de los años, eso mismo que criticábamos puede terminar convirtiéndose en nuestra tumba personal.

Los políticos son muy susceptibles de cometer este pecado, sobre todo desde que existe Twitter. Un ejemplo: un político español autodenominado comunista, antisistema y anti lo que el denominaba “la casta”, que eran unos pocos españoles muy poderosos que según él controlaban el país y lo mantenían subyugado, terminó cayendo final y profundamente en el pozo de los que con tanta ansia criticó por años.

Este hombre, además, se autodefinía como una persona corriente que representaba a las clases populares españolas, indignadas con la corrupción existente en las clases políticas actuales. Todo un currante, demagogo, populista y proletario, como deberíamos de ser todos, según sus deseos, que no los míos.

Hasta ahí todo bien. El problema es que en el momento más fulgurante de su popularidad y carrera política se dio a conocer que había adquirido una casa lujosa de un valor que se sale del promedio de lo que cualquier español posee. Y se sale mucho. Su nueva y lujosa casa tiene un valor de 600.000 Euros, o unos 750.000 Dólares americanos o unos 15.000.000 de Pesos mexicanos.

Nada mal para un trabajador representante de las clases populares. Como a muchos analistas políticos a mí me alegra que las personas prosperen y adquieran lujos y comodidades ganadas con el esfuerzo de su trabajo, con su sudor y sus lágrimas. El problema es que esta vivienda es exactamente el tipo de vivienda que este señor criticó por muchos años. Ni siquiera en su partido político veían con buenos ojos lo que acababa de hacer.

¿Por qué? Muy sencillo, porque es incongruente con lo que siempre ha sentado como sus bases filosóficas y de pensamiento.

Personalmente me da igual. Me parece una muestra más de falta evidente de Inteligencia Emocional. Si analizamos la compra del inmueble nos damos cuenta inmediatamente de que se trata de una oportunidad única, tanto como por el precio como por las condiciones crediticias.

Ambos aspectos son inmejorables. 600.000 euros pueden sonar a mucho, pero esa casa puede costar, al ver cómo está construida y todo lo que tiene, bastante más. Las condiciones del crédito otorgado a este señor y su pareja son extraordinarias, con un coste financiero bajísimo y con una financiación superior al promedio español y con mucho.

Yo, ahora, entiendo lo que pasó. No tengo duda de que este señor sabía que su decisión de compra iba a ser, como mínimo, controversial para los simpatizantes de su partido político comunista. Con todo, lo hizo. ¿Estaba conscientemente haciéndose un daño en su imagen y en su futuro dentro del partido irreparable? Yo creo que sí, pero ante una oportunidad única no pudo controlar el impulso.

El control del impulso es una habilidad propia de las personas que dominan la autorregulación, la segunda característica personal de la Inteligencia Emocional. Grandes personalidades han sucumbido ante la incapacidad de controlar el impulso y han malogrado de manera irremediable sus carreras profesionales y personales. Y eso que aprender competencias emocionales es fácil y barato.

Existen innumerables ejemplos de personas de poder que repentinamente encontraron muy sencillo robar grandes cantidades de dinero y cayeron, una vez descubierto su latrocinio, en el infierno del desprestigio definitivo. Con el sexo existen casos también muy conocidos. Por supuesto, las drogas y la comida en exceso también forman parte del Universo de los que no saben autorregularse.

Existen muchos ejemplos de incongruencia o incoherencia en la sociedad actual, muchos de ellos pasan delante de nuestras narices y no nos damos cuenta, pero lo son. Un portal web de empleo envía a sus suscriptores anuncios para que compren lotería, lo que es todo un mensaje de esperanza para los desesperados buscadores de empleo (o te toca la lotería o no sales de dónde estás, porque empleo no vas a encontrar). Una empresa madrileña anuncia en sus vehículos de transporte el lema “Lo esperamos con las puertas abiertas” al lado de una gran foto de unas puertas totalmente cerradas (tengo la foto, pero no debo publicarla). En fin, ahí están los ejemplos.

Experimentos sociales demuestran que los niños o niñas que saben controlar el impulso obtienen, en su futuro profesional, sensiblemente mejores ingresos que los compañeros que no lo saben hacer todavía. Es muy famoso el experimento de los malvaviscos y los niños y niñas que tenían que aguantar sin comérselo hasta que regresase a la sala el adulto que los había recibido en primer lugar.

Si esperaban y no se lo comían, el profesor les daría una segunda golosina adicional y si no aguantaban y se lo comían antes del regreso del profe, no habría ninguna consecuencia negativa. El resultado comprobó que solo un selecto grupo de autorreguladores soportó el infierno infantil de tener un dulce delante y no comérselo, mismos que años después obtenían notas muy superiores a las de los que no aguantaron la presión.

Mis mediciones de Inteligencia Emocional en diversos países del mundo usando nuestro exclusivo cuestionario de medición, debo decir que no suficientes como para establecer un juicio significativo, muestran resultados muy diferentes de un país a otro. España, por ejemplo, muestra significativamente un Coeficiente Emocional llamativamente deficiente.

México, sin embargo, muestra resultados superiores a otras latitudes del mundo, pero la conducta promedio no respalda los resultados obtenidos en el cuestionario. Después de años de estudiar la conducta de los mandos medios de infinidad de empresas mexicanas que contestaron sorprendentemente bien nuestro cuestionario de medición del Coeficiente Emocional, los hallazgos en sus conductas como directivos muestra inequívocamente que saben contestar el cuestionario, pero no saben o no quieren aplicar lo que saben.

Cómo desarrollar la Inteligencia Emocional

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Estudios detallados de administración del tiempo, una característica propia de las personas con Inteligencia Emocional elevada que requiere autorregulación y automotivación a mansalva, realizados entre 1985 y 2016, muestran distribuciones de tiempo muy inadecuadas en cuanto a lo que eficiencia y eficacia representan. Como resumen, un alto porcentaje de su tiempo es utilizado en la resolución de problemas que podrían haber sido evitados fácilmente desde un inicio y, de manera sistemática, la posición de mayor responsabilidad y mando es interpretada como una posición en la que ya es permitida la pérdida de tiempo.

Por supuesto, la corrupción es más un problema de autorregulación que de educación o moral, como muchos gobernantes quieren hacer ver. Y es un error tremendo que cualquier mandatario hable contra la corrupción y que esta sea permitida en miembros cercanos de su partido político o gabinete.

Lo bueno y positivo es que la Inteligencia Emocional se puede estudiar e incrementar sin mayor problema. El concepto de Inteligencia Emocional es ampliamente buscado en Internet y la oferta de cursos para desarrollarla o, al menos, conocerla más en detalle es enorme.

¿Es factible encontrar muestras tremendas de incongruencia en las empresas en cualquier lugar del mundo? Absolutamente. Recuerdo casos muy concretos como, por ejemplo, el de la empresa, de la que no voy a revelar más datos, que prohibía las relaciones sentimentales entre empleados para evitar conflictos de interés a la hora de tomar decisiones. Personalmente, me resulta lógico entender el conflicto que se presenta laboralmente cuando tu subordinada es tu pareja sentimental, considerando que a lo mejor en la vida privada de ambos la situación es exactamente a la inversa. Como regular una relación sentimental no es nada sencillo, la idea de la empresa es que cuando esta, la relación, se daba sin remedio, uno de los dos tenía que abandonar la empresa. ¿Cuál cree que era la situación más común? Acertó. Relaciones sentimentales ocultas.

Y la mayor incongruencia vino cuando el director de finanzas se enamoró de su asistente, cosa que fue sabida por la alta dirección de la empresa la cual no aplicó las leyes tan celosamente comunicadas a toda la organización como una regla a no romper jamás. Porque con ese director, que además no pudo evitar que el resto de la compañía supiera de su amorío, la regla del conflicto de interés no fue aplicada. Una muestra evidente de falta de congruencia conductual.

¿Ser congruente tiene beneficios? Yo creo que sí y entre ellos me parece que están los siguientes:

  1. Paz mental. Es muy obvio, pero no por ello se debe de olvidar que la congruencia personal brinda una paz mental que ninguna bebida alcohólica o droga puede proporcionar. Y, además, lo hace sin resecas ni efectos colaterales indeseables.
  1. Logro de objetivos personales. Solo cuando la conducta es congruente con aquello que deseamos es posible conseguirlo. No le voy a dar más vueltas porque este es un camino recto que no tiene desviación.
  1. Dinero. Además de que la congruencia nos permite lograr aquello que nos proponemos con mucha más facilidad, en el mundo de los negocios no hay nada que los clientes castiguen más que la falta de congruencia entre lo que ofrecemos como solución y lo que realmente damos. Un análisis detallado de las empresas más exitosas del mundo nos muestra que, lejos de no tener errores, han tomado decisiones equivocadas en innumerables ocasiones. Pero han sido tan congruentes en dar lo ofrecido que sus errores han sido perdonados.
  1. Admiración sincera. Solo las personas cuyas conductas son congruentes con sus ideas, ya sea que coincidamos o no con las mismas, llegan a despertar admiración en los demás. Un Andrew Carnegie, que gastó prácticamente toda su fortuna en abrir bibliotecas públicas por todo Estados Unidos simplemente porque él creía que la lectura podía cambiar vidas; un Gandhi que fue el mayor ejemplo en su país de la resistencia pacífica; una Madre Teresa de Calcuta, que abandonó su vida de comodidades para dedicar su vida a los pobres de la India; un Nelson Mandela que pasó años en la cárcel por defender la integración racial y la eliminación del racismo; una Rosa Parks quien se negó a sentarse en el autobús en los lugares destinados para las personas de color y, de paso, cambió la sociedad en la que vivía para siempre y muchos otros más.
  1. Liderazgo. Adicionalmente a la admiración que la congruencia despierta en los demás, es también imposible hacer que los demás nos sigan en el intento de lograr construir una visión de futuro compartida, ya sea en una empresa o en un país. Lograr que las personas trabajen en equipo se convierte en una auténtica utopía en ausencia de un líder congruente. De manera inevitable, las empresas incongruentes internamente están destinadas a la extinción, sin importar si lo que hacen es valioso o no para la sociedad.
  1. Tranquilidad. Como regla general no se ponga reglas que no puede cumplir ya que estará decretando su futura incongruencia antes de empezar. Por ejemplo, en el caso de la empresa que prohibía las relaciones sentimentales entre empleados, cosa a la que también resultaban susceptibles los altos directivos, hubiera sido más práctico encontrar la manera de vivir con ellas en lugar de prohibirlas y tratar de evitar lo inevitable. Muchas reglas, además de incumplibles, sin innecesarias. Sea más flexible en aspectos menos importantes para el logro de sus objetivos, por ejemplo, y vivirá con más tranquilidad.

Una regla que yo no me puedo poner porque estaría destinado al fracaso es la de ser breve en mis charlas o artículos, por lo que no puedo pedirle eso a los demás tampoco. ¿Que usted quiere que sea breve? Vale, lo seré. Adiós.