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“Se pueden alcanzar dos metas aparentemente contradictorias”, 9ª ley de la Disciplina Sistémica, del libro La quinta disciplina de Peter Senge.

Dicotomía se define de la siguiente forma (cito a la Wikipedia):

“El desglose o fraccionamiento de un concepto genérico en uno de sus conceptos específicos y su negación. El concepto se refiere así mismo a la ley que establece que ninguna proposición puede ser verdadera y falsa al mismo tiempo.”

Etimológicamente, es decir, en origen lingüístico, significa dividir en dos partes un objeto, concepto o experiencia, de tal forma que las dos partes se excluyen mutuamente. Para efectos de esta charla, nos centraremos en las falsas dicotomías, donde dos cosas aparentemente excluyentes, en realidad no deben de serlo y, de hecho, no lo son.

El problema es que las decisiones que tomamos se toman en base a la aceptación de estas falsas dicotomías como si fueran ciertas. De hecho, en muchas ocasiones, los objetivos que nos fijamos, que forzosamente preceden a nuestras decisiones, se establecen sobre dicotomías que son más falsas que una moneda de 3 unidades de cualquier moneda.

Te comparto, siempre si me lo permites, 2 historias sobre dicotomías para ilustrar mi punto de que, si no las detectamos, se vuelven malditas.

Juan, nombre ficticio, ha trabajado durante años como alto directivo de una empresa multinacional. En la actualidad posee una enorme vivienda en uno de los mejores lugares de la ciudad en la que vive, junto a un hermoso y cuidado campo de golf. Su salario anual es de seis dígitos y dedica a su trabajo más de 12 horas en promedio diario, pero como su trabajo es su pasión, se le van como agua en sediento. Su salud está muy deteriorada, con altos niveles de estrés, colesterol, tensión arterial y problemas digestivos. Además, su relación con el resto de su familia es tan mala como la de los representantes de dos partidos políticos opuestos en el parlamento español.

Esta es una de las dicotomías más común en el mundo de los altos directivos: salud contra éxito corporativo o familia contra éxito corporativo. Frases como “veo a mis hijos antes de que despierten y los vuelvo a ver de noche cuando ya están dormidos, pero es que mi trabajo es el que nos da estas comodidades…” son resultado de esta dicotomía.

Pedro, nombre ficticio, es dueño de una gran empresa de consultoría con clientes grandes y de importancia social elevada, es decir, dan prestigio. Sus posesiones económicas dan muestra de lo bien que le va en la vida, desde un punto de vista económico al menos. Ya no recuerda que los primeros clientes que tuvo los “robó” literalmente a la primera empresa de consultoría que le dio un puesto de relativa importancia porque, según pensaba, “yo era quien hacía el trabajo y ellos eran los que ganaban el dinero, lo que no era justo”.

Tampoco recuerda muy bien si su tesis doctoral la hizo él o se la hizo un amigo, pero eso no importa porque se ve fenomenal en su currículo laboral y en su perfil de una famosa red social. Pedro piensa que sin ese doctorado jamás hubiera podido conseguir el éxito actual del que goza. Lo que sí recuerda es una frase de un amigo suyo cercano que siempre decía “Del primer millón ni me preguntes. Del resto de millones te cuento lo que quieras”, dando a entender que, para triunfar, de inicio, con frecuencia es necesario dejar la integridad para los pobres o los fracasados.

Esta es la dicotomía Dinero- Honestidad/integridad. Como no se pueden las dos cosas, las personas tenemos que elegir y, con frecuencia, elegimos la primera, aunque sea a costa de la segunda.

Pero hay más dicotomías que se pueden volver, y con frecuencia lo hacen, malditas. Las denomino como malditas porque, al no darnos cuenta de que son falsas, condicionan negativamente la felicidad en nuestras vidas.

La dicotomía Materialismo-Espiritualismo ha causado también infinidad de víctimas en la humanidad desde que se malinterpretó la frase pronunciada por un personaje altamente influyente que dijo “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos”. Tanto efecto causa la frase en cuestión en muchas personas, que se sienten pecaminosos cuando adquieren un bien y se sienten reconfortados en la pobreza más absoluta.

No hay dicotomía falsa que, después de cierto tiempo, no pase factura y, con mucha frecuencia también, demasiado cara. De hecho, impagable.

“La dicotomía entre desarrollo y sostenibilidad es falsa. Sin planeta no hay economía que valga”, Al Gore, excandidato a presidente de los Estados Unidos.

Actualmente existe una dicotomía falsa que nos está afectando a nivel mundial y que nadie, que yo sepa, ha resuelto positivamente. Se trata de la dicotomía Salud-Economía en la que se plantea, casi a nivel mundial, que ambas cosas son incompatibles. O se está sano y pobre como consecuencia de las curas de salud, o rico y muerto, como consecuencia de no tomar decisiones drásticas para proteger la salud.

Cuando se plantea este dilema de esta forma, lo lógico siempre será privilegiar la vida sobre el dinero, dado lo cual y las actuales disposiciones de la mayoría de los países del mundo, nos esperan tiempos de hambre y miseria a partes iguales.

¿Cómo se anula el pernicioso efecto de las dicotomías falsas? El secreto está en la formulación de los objetivos.

Antes, en todo caso, la mente debe de estar abierta a que la dicotomía sea falsa, porque de otro modo resultará imposible encontrar como conciliar objetivos aparentemente opuestos. Como decía Richard Feinmann, la mente debe de estar abierta pero no tanto como para que se te caiga el cerebro. Lo que pasa es que a veces, parece que la mente de algunas personas está tan cerrada como la bóveda de la Reserva Federal de Estados Unidos y tienen miedo de abrirla porque cuando esto suceda no se caerá nada porque nada hay.

Una vez abierta la posibilidad de poder alcanzar dos metas dicotómicas, el secreto, como comentaba, recae en la formulación de los objetivos. Para ello, la Programación Neurolingüística se pinta sola para ayudarnos a generar objetivos bien formados. Entre las características de un objetivo bien formado se encuentran las siguientes:

  1. Objetivo amplio. Existen dos clases de objetivos, objetivos limitados y objetivos amplios. Un objetivo amplio es el que plantea una meta que considera conseguir dos estados de esta meta aparentemente contradictorios o falsamente opuestos. Por ejemplo, ser económicamente próspero y honesto e íntegro al mismo tiempo, o lograr vencer la pandemia manteniendo la actividad económica o, incluso, mejorándola.
  2. Enunciados positivamente.
  3. Alineados con el propio sistema de creencias.
  4. Físicamente posibles.
  5. Verificables.

Y otros aspectos más que no forman parte del propósito de esta charla.

Cuando se plantean objetivos bien formados, se presentan circunstancias que pueden ser algo desagradables, aunque necesarias, de manera casi inevitable. La primera es que los objetivos amplios llevan bastante más tiempo para lograrse, o encontrar siquiera el camino a la solución, que los objetivos limitados. Lograr que la salud y la economía vayan de la mano llevará más tiempo que favorecer simplemente una de las dos.

La segunda consecuencia desfavorable es que es más difícil encontrar una solución a un objetivo dicotómico y, por lo tanto, requiere de mayor inteligencia o bien, de mayor sinergia de equipo que compense inteligencias no tan brillantes como la de Feinmann o Einstein. Y ese es precisamente el problema de muchos gobiernos, ni inteligencia ni sinergia.

No quiero ser negativo sino preciso. Los resultados actuales muestran inequívocamente ambas carencias en muchos líderes y políticos. Caramba. Acabo de descubrir otra dicotomía. ¿Se puede alcanzar el poder sin corromperse? No importa cuanta evidencia exista que demuestra que ambas cosas son imposibles, créeme, se puede.