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Este artículo es un capítulo de mi libro (todavía sin acabar) El Ingeniero del Ego. Lo quiero compartir con mis suscriptores de forma muy personal, esperando vuestros comentarios. La información contenida me ha sido revelada y he sentido la necesidad de compartirla, aunque el libro no esté terminado todavía. Espero os guste y os cause tanto deseo de saber qué sigue que queráis comprar el libro en cuanto salga.

El lenguaje del Universo

Urug, paciente, preguntó de nuevo la hora a Yos.

— ¿A qué hora exacta nos conocimos? ¿Recuerdas?

— No recuerdo exactamente, pero, ¿Qué importancia tendría?

— ¡Cómo que qué importancia! ¿No has aprendido nada? ¡Todo ocurre por algo! El secreto es estar alineado con el plan que el Universo tiene para ti.

— Pero la hora…, ¿y qué más da? — Yos estaba algo confundido y harto, que justo es decirlo, pero su respeto por Urug era superior a su hartazgo, así que suspiró y esperando una respuesta que esta vez fuese más satisfactoria, continuó hablando como si no la quisiese oír.

— Hasta ahora el Universo sólo me ha traído fracasos, mucho trabajo y pocos resultados. Como al noventa por ciento de la humanidad.

— El Universo, querido Yos, te ha estado enviando información a la que tú no has hecho ni puñetero caso. Pero no te sientas culpable. No sabías que existía lo que no sabías que existía. Te pregunto de nuevo. ¿Recuerdas la hora a la que nos conocimos?

— Ni remotamente.

— Lo imaginaba. Pues yo sí, y por la hora que era te recibí como a un suceso extraordinario.

— ¿Estaban alineados los astros? ¿Júpiter se encontraba en la órbita de Saturno? No te entiendo. Pues, ¿qué hora exacta era?

— ¿Recuerdas al menos si fue en la mañana o en la tarde?

— Eso sí. Fue en la mañana. Si no recuerdo mal, a media mañana, como a las 12:00 o algo así.

— O sea que lo que no tiene importancia, eso sí lo recuerdas… Pero no te sientas mal, nadie te ha enseñado a hablar con el Universo.

— Sigo sin entender nada, pero adivino que me lo vas a contar muy pronto. Dime ya. ¿Qué maldita hora era cuando nos conocimos?

Urug, como si fuera presentador de programa de concursos de televisión, suspiró lentamente, se echó para atrás en su silla y suspendiendo en el aire sus palabras hizo esperar a Yos por unos segundos que a Yos le parecieron el minuto que decía Einstein que era el más largo, el que estabas sentado en una estufa encendida.

— Eran… Eran las 12:34.

— Y, ¿ya está? ¿Eso es todo? ¿Una bonita coincidencia y ya? Vamos hombre, que no le veo el asunto mágico ni la comunicación con el Universo ni nada. Vas a tener que ser más creativo que simplemente una coincidencia que no representa nada, ni siquiera para el más crédulo de los mortales.

— No lo entiendes, ¿verdad? El mundo está lleno de opciones, es un mundo de infinitas posibilidades, lleno de decisiones alternativas que pudiste haber tomado. En cada ocasión que tuviste que decidir creaste una nueva causa para un nuevo efecto en tu vida. Si hubieras decidido lo opuesto la cosas habrían salido diferentes. ¿Estás de acuerdo?

— Por supuesto que lo estoy. Es lógica pura que no admite discusión.

— Pero el Universo tiene un plan escrito en este momento que busca que tú tomes la decisión que va alineada con ese plan, que, por cierto, es un plan que incluye tu vida a plenitud llena de gracia.

Ahora Urug estaba en posesión del momento, del tiempo y del espacio. Sabía cómo hacerlo. Cuando empezaba a hablar con ese tono de voz no quedaba más remedio que escucharle. Sus palabras resultaban hipnóticas, encantadoras. Por lo menos para Yos, que sabía que le estaban dando una información que, con seguridad, no podría compartir con nadie más, porque lo tomarían por loco. Cada vez que había intentado compartir con sus amigos lo que Urug le enseñaba se encontraba con las reacciones más obtusas y frías que podría haber imaginado.

Yos recordó el día que les mencionó en una reunión acerca de la Ley de la Atracción. Se atrevió a hacerlo porque las quejas que proferían ese día habían alcanzado ya el nivel de sinfonía. Y se atrevió a hacerlo porque, con una claridad que no había experimentado nunca antes, se dio cuenta de que las personas atraen lo que no desean y pensó, por un momento de inocencia, que al revelarles él la verdad, ellos también se darían cuenta y caerían de rodillas agradecidos por una revelación tan extraordinariamente importante para sus vidas.

Una vez más, el ego le había traicionado. Esperaba reconocimiento y recibió las burlas más crueles de las que la humanidad tenga memoria. Bueno, es una exageración, desde luego, pero para Yos la descripción ajustaba de manera tristemente adecuada. Y como no quería perderse las palabras de Urug, pensó que lo mejor era dejar de pensar y escuchar con atención.

Urug, muy perceptivo, se había dado cuenta que Yos estaba evadido en su interior, como internalizando las palabras recién pronunciadas. A estos momentos, Urug los llamaba “el despertar de las neuronas dormidas”. Se mantuvo en silencio y, cuando percibió que Yos estaba de vuelta en el ahora, prosiguió.

— El Universo, como te estaba diciendo, necesita que tú decidas lo que debes de decidir, que, en términos generales, es siempre lo mejor, lo más necesario para tu evolución personal. Pero puede que tú decidas otra cosa, lo que coloca al Universo como un GPS cuando has tomado la calle incorrecta, “recalculando ruta”. Para ello, el Universo tiene todo un sistema de comunicación que le dice a los seres humanos si la decisión es prudente, adecuada, oportuna o no, de acuerdo con el plan Universal. Que no tomaste la decisión correcta… pues no pasa nada. El Universo recalcula la ruta y te proporciona más oportunidades. ¿Cuántas veces? Hombre, pues las que haga falta. Los hombres se rinden, el Universo no.

— Y, ¿la hora es el sistema de comunicación del Universo? Me cuesta trabajo aceptarlo. Los relojes son cosa de los últimos 900 años y si antes se medía el tiempo, era bastante impreciso. Saber la hora era imposible e innecesario para un habitante de las cavernas.

— ¡Claro! Y como encender la luz, ¿no te fastidia? Si un cavernícola hubiera tenido una bombilla no la hubiera necesitado. ¿Para qué la quería? ¿Para leer? ¿Para qué quería luz eléctrica? ¿Para ver la televisión? Si hubiera tenido Internet, ¿a quién le manda un email? ¿A continentes que todavía no existían, países que ni siquiera tenían nombre o a personas que no tenían Smartphone? Las cosas se dan cuando se dan, cuando necesitan estar, ni antes ni después. Ahora bien, esto que te cuento de la hora lo puedes creer o no. Mira en tu interior y piensa, ¿tiene sentido? Yo te contesto, no lo tiene. Nada tiene sentido, ¿o sí? La vida de un ser humano condenado al sufrimiento desde su nacimiento parece no tener sentido, pero lo tiene, por eso existe.

De nuevo, esperó a que Yos interiorizase sus palabras. “Más neuronas despiertas”, pensó.

— Lo importante es que hoy el Universo se puede comunicar contigo con la hora y, a las 12:34 que nos conocimos estábamos, ambos, cumpliendo con el plan del Universo. Lo sé.

— Pero ¿cómo lo sabes? ¿Por qué las 12:34 te dice que estamos cumpliendo ese plan? ¿Porque es un número consecutivo? ¿Cómo interpreto esto? Y es que, de nuevo, me cuesta trabajo creer que algo como saber la hora te pueda ayudar a tomar mejores decisiones.

— Te entiendo perfectamente. Si me lo permites, te voy a enseñar a cómo interpretar la hora y las decisiones que tienes que tomar de forma que recibirás una información única. Sabrás con precisión de reloj suizo qué hacer en todo momento y si lo que te está pasando es adecuado o no. Cada hora tiene su interpretación, créeme. Pero antes te quiero hacer una pregunta. Dime, ¿sabes para qué sirve el tiempo?

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