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Nadie

Hay un pensamiento insidioso en tu cerebro que, si lo dejas, te puede llevar a la locura completamente. Dime si esto te suena familiar:

Digamos como ejemplo, que necesitas enfrentarte a alguien en tu vida y eso te causa preocupación. Esa ansiedad te incapacita y empiezas a preguntarte por qué estás tan ansioso. Ahora te estás poniendo ansioso por estar ansioso. ¡No! ¡Doblemente ansioso! Ahora estás ansioso por tu ansiedad, que está causando más ansiedad. Rápido, ¿Dónde está el vodka?

O digamos que tienes un problema de ira. Te enojas por lo más estúpido, lo más irrelevante, y no tienes ni idea de por qué. Y el hecho de que te enfade tan fácilmente empieza a enojarte aún más. Y luego, en tu furia mezquina, te das cuenta de que estar enojado todo el tiempo te hace una persona superficial y cruel, y odias esto; lo odias tanto que te enfadas contigo mismo. Ahora Mírate.

Estás enojado contigo mismo enojándote por estar enojado. Prepárate pared, porque ahí te va mi puño.

O estás tan preocupada por hacer lo correcto todo el tiempo que te preocupas por lo mucho que te preocupas. O te sientes tan culpable por cada error que haces que empiezas a sentirte culpable por lo culpable que te sientes. O te sientes triste y sola tan a menudo que te hace sentir aún más triste y sola de pensar en ello.

Bienvenido al bucle de retroalimentación del infierno. Lo más probable es que hayas caído en él más de un par de veces. Tal vez estás dentro de uno en este momento: “Dios, caigo en el bucle de retroalimentación todo el tiempo, soy un perdedor por hacerlo. Debería parar. Oh Dios mío, me siento como un perdedor por llamarme perdedor. Debería dejar de llamarme perdedor. ¡ Ah, joder! ¡ Lo estoy haciendo de nuevo! ¿Ves? ¡Soy un perdedor! ¡Argh! “

Cálmate, amigo. Lo creas o no, esto es parte de la belleza de ser humano. Muy pocos animales en la tierra tienen la capacidad de lograr pensamientos convincentes para empezar, pero nosotros los seres humanos tenemos el lujo de ser capaces de tener pensamientos sobre nuestros pensamientos. Así que puedo pensar en ver videos de Miley Cyrus en YouTube, y luego pensar inmediatamente en lo psicópata que soy por querer ver videos de Miley Cyrus en YouTube. ¡ Ah, el milagro de la conciencia!

Ahora bien, aquí está el problema: nuestra sociedad hoy, a través de las maravillas de la cultura del consumidor y el “mira como mi vida es mejor que la tuya” de las redes sociales, ha creado a toda una generación de personas que creen que tener estas experiencias negativas — ansiedad, miedo, culpa, etc. — es totalmente inadecuado. Lo que quiero decir es que, si miras tu muro de Facebook, te darás cuenta de que el resto de la humanidad se lo está pasando fenomenal. ¡Ocho personas se casaron esta semana! Y un niño de dieciséis años, lo vi en la tele, consiguió un Ferrari para su cumpleaños. Y otro joven menor de edad acaba de ganar 2 mil millones de dólares inventando una aplicación que automáticamente le entrega más papel higiénico cuando se activa desde el móvil.

Mientras tanto, estás atrapado en casa acariciando al gato. Y no puedes evitar pensar que tu vida apesta aún más de lo que pensabas.

El bucle de retroalimentación del infierno se ha convertido en prácticamente una epidemia, haciendo que muchos de nosotros estemos excesivamente estresados, excesivamente neuróticos y con un enorme autodesprecio.

En el pasado, cuando uno de nuestros abuelos se sentía verdaderamente mal, probablemente se decía a sí mismo “Vaya que me siento deprimido hoy, pero me imagino que así es la vida. Ni modo, vamos a darle de comer a las vacas”.

¿Y ahora? Ahora, si te sientes como una mierda por cinco minutos, al mismo tiempo estarás bombardeado con 350 imágenes de personas totalmente felices y teniendo vidas increíbles, lo que vuelve imposible no sentir que hay algo malo contigo.

Es esto último lo que nos causa problemas. Nos sentimos mal por sentirnos mal. Nos sentimos culpables por sentirnos culpables. Nos enfadamos por enfadarse. Nos sentimos ansiosos por estar ansiosos. ¿Qué me pasa?

Es por eso que desarrollar una actitud de que nada importa es tan clave. No nada más esta actitud de que nada importa va a salvar al mundo, lo va a salvar aceptando que el mundo está totalmente jodido y eso está bien, porque siempre ha sido así, y siempre lo será.

Al no importarnos un rábano por sentirnos mal, interrumpimos el bucle de retroalimentación infernal; te dices a ti mismo, “me siento como una mierda, pero ¿a quién le importa?” Y luego, como si te rociasen con polvo mágico de hadas, dejas de odiarte por sentirte tan mal.

George Orwell dijo que ver lo que tenemos en frente de la nariz requiere una lucha constante. Pues bueno, la solución a nuestro estrés y la ansiedad está justo ahí, frente a nuestras narices, pero estamos tan ocupados perdiendo el tiempo en ser mejores que los demás, en gastar dinero en máquinas para hacer abdominales que no funcionan, preguntándonos por qué es que no tenemos la pareja perfecta, lo injusto que es el mundo, cómo no pagar impuestos, etc., que se requerirá algo más que lucha constante para percibir la solución.

Discutimos como si fuera de broma acerca de los “problemas del primer mundo”, pero en realidad nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito. Los problemas de salud relacionados con el estrés, los trastornos de ansiedad y los casos de depresión se han disparado en los últimos treinta años, a pesar de que todo el mundo tiene un televisor de pantalla plana y puede recibir la comida a cualquier hora sin salir de casa. Nuestra crisis ya no es material; es existencial, es espiritual. Tenemos tantas cosas y tantas oportunidades que ya ni siquiera sabemos cómo hacer que nada nos importe.

Debido a que hay una cantidad infinita de cosas que ahora podemos ver o saber, también hay un número infinito de maneras en que podemos descubrir que no nos damos la medida, que no somos lo suficientemente buenos, que las cosas no son tan grandes como podrían ser. Y esto nos está destrozando por dentro.

Porque aquí está lo que está mal con toda la parafernalia de “Cómo ser feliz” que se ha compartido millones de veces en Facebook en los últimos años. Usa tu sentido común y dime si la siguiente frase es o no cierta.

El deseo de una experiencia más positiva es en sí misma una experiencia negativa. Y, paradójicamente, la aceptación de la experiencia negativa de uno es en sí misma una experiencia positiva.

Es probable que la afirmación anterior te rompa la mente. Así que te daré un minuto para desenredar tu cerebro y tal vez leerlo de nuevo: querer una experiencia positiva es una experiencia negativa; aceptar una experiencia negativa es una experiencia positiva. Es lo que el filósofo Alan Watts solía denominar como “intención paradójica”, la idea de que cuanto más persigas sentirte mejor todo el tiempo, menos satisfecho estarás, de que perseguir algo sólo refuerza el hecho de que te falta en primer lugar. Mientras más desesperadamente quieras ser rico, más pobre e indigno te sentirás, sin importar cuánto dinero realmente tengas o ganes. Cuanto más deseas desesperadamente ser sexy y deseado, más feo vienes a verte a ti mismo, independientemente de tu apariencia física real. Mientras más desesperadamente quieras ser feliz y amado, más solitario y asustado te sentirás, independientemente de todas las personas que te rodean. Cuanto más quieres ser iluminado espiritualmente, más egocéntrico y superficial te conviertes en tratar de llegar allí.

Como dijo el filósofo existencial Albert Camus (y estoy bastante seguro de que no estaba bajo el efecto del LSD en ese momento): “Nunca serás feliz si continúas buscando entender en qué consiste la felicidad. No alcanzarás a vivir si te la pasas buscando el significado de la vida. “

O, para ponerlo de forma más simple:

Ríndete.

Ahora, me imagino lo que estás pensando: “Todo esto suena muy espiritual y elevado, pero ¿qué hay del Mercedes para el que he estado ahorrando? ¿Y el cuerpo digno de ser mostrado en la playa que he desarrollado y por el que literalmente he muerto de hambre y me he privado de placeres culinarios y exquisiteces alimenticias? ¡Esta dieta “bikini” no ha sido nada fácil! ¿Qué hay de la casa grande en el lago con la que he soñado toda mi vida? Si hago que esas cosas no me importen, entonces nunca lograré nada. No quiero que eso suceda, ¿verdad? “

Qué bueno que preguntaste.

¿Alguna vez notaste que a veces cuando te preocupas menos de algo, lo haces mejor? Date cuenta cómo, con frecuencia, la persona que menos invirtió en el éxito de algo es la que realmente termina lográndolo ¿Te das cuenta de cómo a veces cuando mandas todo al demonio, las cosas parecen caer en su lugar?

¿Por qué pasa esto?

Lo que es interesante acerca de la “intención paradójica” es que se llama “paradójica” por una razón: mandar las cosas al demonio funciona a la inversa. Si perseguir el positivo es un negativo, entonces perseguir el negativo genera lo positivo. Los fracasos en los negocios son lo que conducen a una mejor comprensión de lo que es necesario para tener éxito. Ser abierto con tus inseguridades, paradójicamente, te hace más confiado y carismático en presencia de los demás. El dolor de la confrontación honesta es lo que genera la mayor confianza y respeto en tus relaciones. El sufrimiento a través de tus miedos y ansiedades es lo que te permite edificar coraje y perseverancia.

En serio, podría seguir con más ejemplos, pero probablemente ya lo has captado. Todo lo que vale la pena en la vida se gana mediante la superación de la experiencia negativa asociada. Cualquier intento de escapar de lo negativo, para evitarlo o anularlo o silenciarlo, sólo lo aumenta y hace más fuerte. Evitar el sufrimiento es una forma de sufrimiento. Evitar la lucha es una lucha. La negación del fracaso es un fracaso. Esconder lo que es vergonzoso es en sí mismo una forma de vergüenza.

El dolor es un hilo inextricable en el tejido de la vida, y arrancarlo no sólo es imposible, sino destructivo: intentar arrancarlo hace que el tejido completo se deshaga. Tratar de evitar el dolor es dar demasiado poder al dolor. En contraste, si eres capaz de quitar el poder al dolor, te conviertes en imparable.

La primera vez que me asignaron, como responsable, la realización de un diagnóstico de consultoría, allá por 1990, encontré en este primer intento un cliente que, sin motivo aparente, desapareció de su empresa en la segunda semana del diagnóstico. Al llegar ese lunes de la segunda semana me encontré para mi sorpresa con que el cliente no acudiría a la reunión que teníamos acordada y que no se me daba ninguna explicación pero que insistían en que no me fuera de la empresa y que continuase mi trabajo.

Tenía que decirle a mi jefe, Larry, que sin que yo hubiera hecho nada malo, ya no tenía cliente o, al menos, no tenía idea de dónde estaba. Fui con su secretaria una y otra vez y en cada ocasión, la amable señorita me comentaba que no podía explicarme dónde estaba su jefe, que yo era libre de irme si quería pero que ellos me pedían continuar.

A estas alturas del diagnóstico, mismo que para el cliente no tenía coste, ya habíamos gastado unos 50.000 dólares americanos y, todo indicaba, no íbamos a recuperar un solo centavo. Mi jefe me insistía que averiguase qué estaba pasando, cosa que me era literalmente imposible, por lo que los niveles de angustia alcanzaron tal solidez que era posible cortarlos con un cuchillo.

Me acababan de promover en la empresa a Analista de negocios Junior y mi primera experiencia era la peor posible de imaginar. Le dije a mi jefe que no era justo lo que me estaba pasando. Sin inmutarse, su respuesta retumba hasta estos días en lo más profundo de mi mente: “Nadie te dijo que la vida era fácil”.

Tal vez, en ese momento sus palabras me sonaron a una especie de “me da lo mismo, es tu problema”. Hoy entiendo que Larry me estaba enseñando que las cosas eran así y que más valía que las aceptase como eran porque solo así podría superarlas. Con los años me convertí en el mejor Analista del mundo en la empresa y lo fui por tres años consecutivos.

Y regresando al cliente desaparecido, debo decir que, con más fortuna que ninguna otra cosa, la situación terminó felizmente. Este hombre, el cliente, fue a recoger al aeropuerto a un amigo que le visitaba y, antes de llegar al hotel donde se hospedaba, decidieron irse a tomar unas copas a un bar de señoritas de compañía.

Con las copas ya subidas, al salir a la calle encontraron a un par de policías con ganas de extorsionarles. Con esa valentía etílica que surge de la plena inconsciencia decidieron enfrentarse a la indignante solicitud de dinero de los policías, quienes ni cortos ni perezosos, se los llevaron a la cárcel local donde pasaron desde el lunes hasta el jueves de la semana. Por esa razón, la secretaria no podía darme más detalles de la desaparición forzada.

Una vez liberado, el cliente mismo me contó la experiencia sin mucho rubor, debo decir, y algo más que le ocurrió y que actuó, también afortunadamente, a mi favor.

En el bar en cuestión conoció a una tal Maricela con la que sostuvo una alegre conversación por unas cuantas horas. A lo largo de esta, llegó a comentarle a Maricela que estaba teniendo un diagnóstico de un español calvo, muy profesional y simpático (o sea, yo), que le estaba revelando muchos detalles que el sospechaba de su empresa y que habían terminado de confirmarse gracias a mi excelente trabajo.

Maricela, una profesional del Márketing y de las ventas, le dijo convincentemente que ya sabía quien era yo, que me conocía perfectamente y que, efectivamente, era muy simpático e inteligente.

Excuso decir que yo no conozco a Maricela ni he estado en mi vida en el bar en cuestión. Si mi cliente le hubiera comentado que conocía a Obama, Maricela le hubiera dicho que lo conocía perfectamente y que era un morenito muy simpático e inteligente, pero cuando al final del diagnóstico, el cliente me estaba dando una respuesta positiva a mi propuesta al mismo tiempo que me daba los saludos que Maricela le había pedido me diera en cuanto me viera, no me quedó más remedio que decirle “Ay, la traviesa Maricela, mira que me acuerdo de ella…”. Y es que Maricela había confirmado a mi cliente algo vital para realizar la venta, que yo era una persona de confianza. Gracias Maricela, donde quiera que te encuentres.

Lo cierto es que aprendí a que no me importase el resultado de mi trabajo, me decidí a realizarlo importándome un pepino lo que ocurriese. Y como consecuencia de ello logré extraordinarios resultados.

A partir de entonces esperaba con ansia que el siguiente diagnóstico fuera más complicado que el anterior. Dejé, por decirlo de algún modo, de esperar cosas fáciles, de esperar cosas sencillas de lograr. He sido más temerario que prudente en muchas de mis decisiones y, sí, debo admitir, que muchas han salido mal. Las que han salido bien, afortunadamente, han salido muy bien y en todas, buenas y malas, me he divertido y he aprendido algo nuevo.

Al fin y al cabo, nadie me había dicho que la vida era fácil.