Dice un viejo cuento Sufí que un joyero acudió a un frutero para pedirle la báscula y pesar unas piezas de oro.

El frutero le respondió: “Lo siento, no tengo pala”.
“Ya- le dijo el joyero- pero lo que te pido es una báscula”.
“Lo siento, en serio – replicó el frutero – pero no tengo una escoba”.

El joyero, extrañado y molesto le increpó: “Pero ¿estás sordo o eres tonto? Te estoy pidiendo una báscula, no una escoba ni una pala”.

“Ni estoy sordo ni soy tonto. Te he entendido perfectamente desde el principio – contestó el frutero. Veo bien que careces de experiencia y que, al pesar tu oro, vas a dejar caer algunas partículas al suelo. Entonces me dirás: “¿Puedes prestarme una escoba para que pueda recuperar mi oro?” ¡Y cuando lo hayas barrido, me preguntarás si tengo una pala! Yo veo el fin desde el principio. ¡Recurre a algún otro!”

Un amigo cercano acaba de empezar a trabajar en una compañía comercializadora. Los detalles de la empresa en cuestión no son relevantes por lo que no los menciono.

La semana pasada le pregunté si se encontraba a gusto en la empresa a lo que respondió que sí, de momento, aclaró. Me dijo que se sentía bastante libre en su trabajo y decisiones y que eso le reconfortaba. Lo conozco bien y sé que la libertad de la que goza va a ser usada de la forma más responsable posible, es decir, sin abuso alguno.

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